sábado, 4 de julio de 2009

Tú, con todas tus pecas puestas

No me acuerdo de qué era la conferencia. Juan se dormía, dando unas cabezadas maravillosas, y yo me tenía que esconder para que nadie me viera llorar de la risa. Dos filas adelante estabas tú, con Arturo, riéndote de lo mismo, pero sin lágrimas. La pelirroja incómoda se tomaba libertades excesivas con tu pelo y tu espalda, y yo culpaba mentalmente a Paloma de mitomanía, pero no por eso dejaba de mirarte. Tú también me mirabas, con todo y los dedos que se paseaban, invasores, por tu nuca. Ya no sé qué fue lo que pasó primero. Pero de pronto nos repartíamos besos frente a la pirámide del Sol. Nos repartíamos besos en cualquier parte. Me esperabas afuera de los salones y Cristina daba de gritos, haciéndome sentir que tenía trece años. Nunca te acercabas si estaban ellas, preferías esperar a que yo saliera, colaborando con la fantasía del amor de secundaria. Sólo que tus besos no eran nada adolescentes, aunque yo –que siempre he tenido regresiones a la pubertad- aún guarde los mensajes de celular que mandabas de tanto en tanto. Íbamos al teatro, al cine, a beber y cantar toda la noche con Arturo y la Sopa. Estuvimos casados en Taxco. Luego me abandonaste y, de paso, me dijiste por quién me abandonabas. Ésa fue la primera vez que me hiciste llorar (la segunda no te la voy a confesar nunca). La verdad es que no pensaba perdonarte, pero fueron quince días muy largos y a mí el rencor me duró hasta el preciso instante en que te vi aparecer por la puerta.

            Tú no te acuerdas de esa noche, sólo de la sensación. Yo, además, me acuerdo de otras cosas. Habíamos tomado mojitos. Me habías hecho bailar con todo y mis tres pies izquierdos. Las reglas de la administración dejaron de existir, así que nos dedicamos a profanar un poco el elevador. Luego, profanamos también un par de muebles.

            Hoy ya perdimos la cuenta del mobiliario profanado. Incluso yo, tan adicta a las fechas, estoy a punto de olvidar el tiempo que llevamos juntos. Deja de ser importante. El único tiempo que realmente importa es el que falta para que llegues tú, hoy, con todas tus pecas puestas.